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    ¿Qué convierte a una obra de teatro en un clásico?


    Esta interrogante puede responderse aludiendo a la magnitud de la obra de un autor: las repercusiones en su contexto con su prosperidad.


    Shakespeare es un clásico porque cuando comenzó a escribir su obra dramática de 1590 a 1600 heredó elementos populares y clásicos que supo conjugar con tal estética que su obra hoy en día es la clave en la literatura universal. Esta conjunción del arte popular y culto hizo que Shakespeare creara un teatro para toda la nación. Así tanto el aficionado como el hombre culto acudía a sus representaciones.


    En los tiempos de Shakespeare el teatro era una arte de completa participación. El escenario Isabelino obligaba a los actores a moverse entre el auditorio, no se limitaba a invitar a participación sino que casi la imponía. Gracias a que el público también participaba, la imaginación y la emoción del público también era exacerbada.


    Tal fuerza del teatro Isabelino así como el intercalo entre prosa y verso y conforme Shakespeare comienzan a aparecer temas que solo podemos definir diciendo que pertenecen a la imaginación colectiva, sus argumentos comienzan a parecerse a cuentos populares: los personajes se hacen arquetípicos y cada vez más complejos, sus personajes de gran realismo ideológico echan raíces que penetran regresivamente en el mundo del sueño y la fantasía y el inconsciente colectivo.

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